Masacre en Nicaragua

En el día dedicado a ellas, las madres nicaragüenses recibieron, como regalo del gobierno, más dolor y luto.

 Continuando su obstinada y alucinada resistencia al cambio que exige su país, Daniel Ortega preside sobre una represión que no tiene justificación ni puede ser ignorada. Las marchas pacíficas son atacadas con una furia que irónicamente nos recuerda las ejecutadas por la dictadura que, el hoy presidente de Nicaragua, una vez opuso de forma gallarda con el apoyo de sus compatriotas.

Hoy, esa memoria se desvanece con cada atropello y es reemplazada con algo impensable hace cuatro décadas atrás: el desenmascaramiento de una enferma ambición por el poder, el expuesto ego de alguien que se presentó como una alternativa y ahora está dispuesto a destrozar su legado, y el sacrificio que lo hizo posible. El afán obstinado de permanecer ocupando el

Ejecutivo, produce la desnaturalización del ideal por el cual tantos ofrecieron sus vidas. Este no fue el propósito del Sandinismo; este tipo de actos contradice todas sus posiciones y argumentos.

 

Nada puede dar razón al gobierno en Nicaragua. Que sepa Ortega que el mundo observa atentamente lo que ocurre y como ocurre. Y por favor, no empiecen con la cantaleta de que todo esto es una conspiración del imperialismo. No son “marines” los que están masacrando a su pueblo, como sí ocurrió en la década de los años 30 en el siglo pasado.

Los que reprimen hoy a su pueblo son militares nicaragüenses, que siguen órdenes del enfermo poder que hoy trata de sostener su rechazada presencia, a cualquier precio.

 

¡Detengan ya los asesinatos!

¡Detengan ya la represión al pueblo!

 

Rubén Blades
30 de mayo de 2018

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