Elegía

En esta casa, dormimos en las camas donde mueren nuestros padres.

Has muerto como viviste. En pleno control de tus aciertos y de tus errores, dentro del terreno que tú y solo tú ocupaste, y bajo las condiciones impuestas por tu voluntad de acero. Abandonaste a regañadientes tu casa, aun convencido de poseer una sobrenatural certeza sobre el como deben ser las cosas, tal como cuando empezaste a decidir tu destino, ¡hace ya tantos años!

Soy tu hija y te conozco de cerca porque jamás soltaste mi mano. En una especie de incesto existencial, todo lo que hiciste tuvo un efecto en mi vida y me legaste memorias, inolvidables algunas, imperdonables las otras, que han forjado el ser que soy. Posiblemente jamás existió un progenitor como tú, con tal empeño por crear un monumento a sí mismo, a través de su descendencia.

Tu fallecimiento ha producido en mi alma, y en la de toda nuestra parentela, un tropel de sentimientos que suben, que bajan, que luchan y se atropellan sin lograr derrotarse entre sí, sin imponer un criterio único. Entre nosotros, hace mucho tiempo que la razón se ha declarado en quiebra. La prueba se ha transformado en opinión. En esta casa, la que creaste con tu convicción incuestionable, olvidar es imposible. Por eso, no hay emoción en nosotros que pueda declararse ganadora. El amor, el odio, el agradecimiento, la rabia, la desilusión, la admiración, se unen a mi incomprensión sobre cómo es posible que alguien pueda provocar tal variedad de respuestas a la simple pregunta que se le hace a todos los muertos, ¿fuiste una persona buena, o mala?, ¿lo que hiciste con nosotros, tu familia, fue positivo o negativo?.

Así de complejo ha sido tu accionar, así de complicada nuestra relación familiar. Así de pública. Tengo 55 años. Mi juventud se desarrolló entre, y dentro, de las expectativas que tus ideas y actos nos provocaban. De ese periodo, recuerdo con bondad la mágica ilusión de la posibilidad, la inicial sensación de que con tu guía era posible superar la mediocridad y la sinrazón del pasado, para construir un futuro de positivos, de oportunidades. Siempre pudiste expresar con claridad y con poder esas ideas que el resto de nosotros solo podía intuir. Todos te admiramos por eso, por la seguridad y la sinceridad que proyectaban tus argumentos. Sin ser cariñoso, en la manera de otros padres, te preocupaste por darnos techo, atención médica y la oportunidad de la educación, de una manera nunca antes igualada por los progenitores de nuestros vecinos. Inculcaste en nosotros la capacidad de sentir orgullo por nuestras aptitudes y eso elevó nuestra autoestima. En esos días, creo que hablo por toda la familia, tus decisiones contaban con el apoyo de nuestras almas, de manera total y sincera.

Mis dudas comenzaron cuando logré comprender que todas las consecuencias de lo que existencialmente me rodeaba eran el producto de una voluntad cuya decisión resultaba inapelable. Que tu concepto de justicia se fundamentaba en una perspectiva estricta, que desconocía el derecho de otro ser para administrar su vida de manera independiente. El eterno problema humano, el del libre albedrío, lo solucionaste unilateralmente, decidiendo que el mundo sólo podía ser enfrentado exitosamente adoptando los rígidos parámetros de tu certidumbre: solo tu poseías la capacidad para interpretar lo que nos era conveniente, y, como portavoz exclusivo, exigías obediencia ciega y la total aceptación por nuestra parte de tus palabras, conceptos y paradigmas.

Y aunque el afecto y el agradecimiento por tus actos anteriores inicialmente nos llevó a no contradecir tus deseos, pensé: ¿para qué me educas padre, si no me permites pensar libremente y expresar mis ideas? ¿Por qué nos impones la necesidad del silencio a cambio del privilegio de existir como persona, como familia? ¿Por qué condicionar al amor y exigirle una sumisión que lo desnaturaliza y lo transforma en un artificial acto de conveniencia?

¿Por qué exigiste la esclavitud de mi ser a cambio de la aceptación del beneficio de tu amor?

Tengo 55 años. Recuerdo el día que cerraste la puerta de mi habitación y me prohibiste el contacto con otra gente. Me aseguraste que eran perversos, que abusarían de mi, pues no eran de confiar. Prometiste protegerme de ellos y de su maldad y te creí. Me aseguraste que, cuando lo consideraras oportuno y prudente, determinarías el lugar y la forma de interacción con ellos. Y crecí sin amigos, sin casarme, sin poder decidir, por mi propio criterio, lo que me convenía o no, sin derecho a equivocarme y aprender de mis errores, sin tener mis hijos y crear mi propia familia, según mis convicciones. Por residir en tu sombra, una parte de mi no germinó, y no sabe lo que es realmente vivir, y permanece oscura y en silencio, como el que imagino existe del otro lado de la luna, ese que jamás podemos ver.

Has muerto, padre, y la familia no puede decir que se alegra; eso contrariaría la verdad de los aportes que nos legaste. Tampoco podemos aparentar una inconsolable tristeza; eso disimularía el alivio indiferente que nos provoca tu partida. Personalmente, negaría el dolor que tu tiránica voluntad ha creado en mi alma, la certeza de las oportunidades perdidas a consecuencia de tu egocentrismo. No me tranquiliza el argumento de que lo hiciste procurando el bienestar nuestro. Más bien creo que a lo largo de tu avanzada edad entendiste perfectamente que tu propósito y justificación para existir dependió del mantener la integridad absoluta de tu visión de vida, al costo que fuese necesario, incluyendo el de la destrucción de futuros ajenos. Y es aquí donde encuentro la mayor prueba de la crueldad de tu carácter. Encontraste felicidad construyéndola sobre nuestras infelicidades. Eso me amarga padre, el que no consultaras a nuestra familia, tu "conejillo de Indias", en la determinación del tipo de sendero a seguir en esta especie de experimento social se convirtió, por tu capricho, nuestro diario discurrir.

Pero nunca fuiste partidario de compartir el crédito, a menos que lo concedieras de forma honoraria, como un regalo y no como el merecido reconocimiento a una contribución importante. Fuimos tu comparsa, nunca socios y nuestra distancia se mantuvo a través del tiempo, por la ausencia de empatía. Nosotros, alentados por la esperanza invencible del que ha sido un perdedor. Tu desde la altura, protegido por el ideal, decidiendo por todos, inmune a la sugerencia y absuelto de antemano por una historia bajo tu privilegiado mando, analizando cada acierto, interpretando cada fracaso y racionalizando brillantemente cada uno de tus absurdos.

¿Realmente hiciste lo que pudiste por nosotros? No lo sé. ¿Realmente hiciste lo que quisiste hacer por ti? Eso sí, ¡y de qué manera! La marea del tiempo ha borrado por milenios la huella de los hombres. La tuya permanecerá.

A mis 55 años, espero aún la oportunidad de vivir experiencias nuevas. Nuestra familia las merece, después de tanto sacrificio. No puede ser que hayamos nadado tanto para venir a morir en la orilla. Quizás lo que ha ocurrido durante estas décadas, dominadas bajo tu egoísta interpretación de vida, terminará ayudando a entender mejor lo que somos y lo que podemos ser. Quizás ahora, en la ausencia de tu sombra, la parte aún por germinar en nuestra familia pueda florecer y orientarnos con su milagro hacia mejores direcciones y logros. Quizás, padre, la desaparición de tu control nos permita recuperar la ilusión que existió una vez, esa que nos hizo considerar la posibilidad de todo, incluso, por increíble que parezca, la de ver finalmente iluminado el imposiblemente oscuro lado de la Luna.

 

Rubén Blades
30 de noviembre, 2016.

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